El reto de las familias ensambladas: claves para manejar situaciones

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La realidad nos demuestra, desde la evidencia de los hechos y de los datos, que ya no hay un solo modelo de familia. Todas tienen una esencia común y unas variables determinadas que perfilan su complejidad y nos plantean nuevos retos. Entre ellas, las familias reconstituidas o ensambladas son las formadas por una pareja adulta en la que al menos uno de los dos cónyuges tiene uno o varios hijos de una relación anterior. 




Tras una separación o divorcio, una mujer y madre con hijos establece una nueva relación con un hombre (con o sin hijos propios, que incorpore o no al nuevo hogar), y luego puede incluso tener algún hijo común de la nueva relación.

Este modelo de familia desafía la lógica de la familia tradicional nuclear y pone en el candelero público la filiación convencional y la jurídica, la exclusividad de los padres y madres biológicos, los roles de los progenitores y de las nuevas figuras parentales, los estilos de educar y la coherencia, cohesión y convivencia del nuevo grupo familiar.

A la hora de comprender este tipo de familias es preciso tener en cuenta que en todas ellas hay una pérdida implícita, al provenir de divorcios anteriores, o tras la muerte de un cónyuge. Por tanto, todos los miembros, especialmente los hijos, tienen que aprender a superar ese “duelo”, manejarse con estas pérdidas y asumir el proceso emocional que conllevan. Son las llamadas “transiciones psicosociales”, según el término acuñado por C. Murray Parker, porque tienen un significado importante evolutivo en nuestras vidas.

Entre las familias reconstituidas abundan las establecidas como parejas de hecho, más que las parejas de derecho con vínculos legales matrimoniales. Suelen tener una situación laboral más simétrica porque, generalmente, trabajan ambos miembros, y esto exige una organización familiar más corresponsable en todas las tareas domésticas y parentales.

La nueva pareja del progenitor o progenitora forma parte de un nuevo escenario de convivencia en el hogar sin que, generalmente, los hijos hayan roto los vínculos afectivos con el padre o la madre biológica no conviviente en este nuevo espacio. Tradicionalmente la nueva figura sería considerada como “padrastro” o “madrastra”, si bien, son términos semánticos en desuso, devaluados por su mala imagen literaria.

A partir de su constitución, la nueva familia tendrá que aprender en poco tiempo a asumir la pérdida, el duelo por la pérdida o alejamiento de un ser querido, los nuevos cambios, saber adaptarse, reestructurar su vida cotidiana y buscar una razonable armonía relacional entre todos los miembros porque su propia complejidad la hace más inestable que las anteriores familias nucleares.

Según los estudios sociológicos más recientes, las nuevas familias establecen dos tipos de lógicas según el medio social, el concepto de familia, o la persistencia de conflictos del divorcio: los que siguen la “lógica de la sustitución” tienden a reconstruir un modelo de familia similar al tradicional o nuclear, con padres-sustitutos; y quienes adoptan la “lógica de la continuidad o de la perennidad”, generalmente de medios sociales más favorecidos y con un buen nivel cultural, intentan armonizar las relaciones nuevas con el derecho permanente de los padres biológicos. En este grupo hay dos actitudes: los que “esperan a ver”, donde el padrastro representa a un amigo más que a un padre; y los que “innovan” tratando de crear un estilo de vida familiar integrador y respetuoso con todas las partes asumiendo funciones parentales positivas, afectivas y co-responsables.

Algunos consejos para tratar a los hijos del otro:

Antes de iniciar cualquier nueva relación amorosa deberíamos tener en cuenta el nivel adecuado de conocimiento, comprensión, respeto y compromiso que estableceremos. De aquí que sea preciso mantener una actitud afectiva y progresiva que suelo llamar ley transitiva del amor: “Si quieres a una persona, quiere también a quienes ella más quiera: sus hijos”. Una actitud que considero clave a la hora de iniciar una relación amorosa con una mujer o con un hombre con descendencia. Imprescindible en el caso que se decida crear una familia reconstituida y habitar en un mismo hogar con ellos.

Sean hijos del padre o de la madre, la familia reconstituida tiene un reto para generar autoestima familiar, y un nuevo modelo de convivencia armoniosa que debe comenzar por una cuidadosa relación de pareja y que exige mucha atención a todos los miembros y al conjunto. Por todo eso es aconsejable:

Ser conscientes de los sentimientos de “pérdida y cambio” en los hijos:

Tener presente el proceso de pérdida y duelo por la separación anterior, para darle tiempo a procesarlo, ser respetuoso con los sentimientos de los hijos ajenos.

Los padres/madres no deben hablar en contra de sus ex maridos/mujeres ante los niños. Su actitud debe ser conciliadora y fomentar -en la medida en que se pueda- la comunicación y el contacto entre ellos.

Realizar un progresivo acercamiento a los hijos de la nueva pareja por parte del nuevo miembro sólo en el caso de que la relación afectiva entre ambos se haya hecho estable, alejada en lo posible en el tiempo en que se produjo la separación de sus padres biológicos, teniendo paciencia con sus reservas y haciéndose poco a poco merecedor de su confianza.

Establecer, en lo posible, nuevos espacios, tiempos y criterios para convivir:

Acordar unos criterios previos antes de crear un nuevo núcleo familiar sobre bases sólidas, que partan de acordar dónde vivir y cómo compartir el dinero.

Elegir un nuevo entorno para vivir, siempre que esto sea factible, o reestructurar el existente, para crear un nuevo escenario y un nuevo marco de convivencia con nuevos hábitos y nuevos espacios adecuados en lo posible a cada miembro.

Establecer criterios para convivir, anticipándose con ello a futuras situaciones: fijar roles, funciones, listado de normas y reglas familiares, especialmente con respecto a la crianza de los hijos del nuevo cónyuge.

Cuidar mucho la relación de pareja y tener presente un tiempo dedicado a cada subestructura: un tiempo para ellos, un tiempo para compartirlo con los hijos propios y un tiempo compartido con todos. (Sobre todo, si un hijo es pequeño, puede sentirse desplazado por el nuevo cónyuge o por los hermanastros mayores, por lo que requiere una atención especial)

Mantener una actitud respetuosa con todos:

El nuevo cónyuge ha de mantener un respeto expreso al progenitor que no convive en el hogar y reconocer la función parental irrenunciable de aquel, evitando todo tipo de comentarios negativos ante los hijos.

Priorizar al principio de la convivencia las muestras de afecto verbal a las de cercanía física, hasta que éstas se asuman y demanden con normalidad.

El nuevo cónyuge debe saber mantener una actitud amistosa, mediante la que pueda ir ganándose, poco a poco, la confianza de los niños con el objetivo de crear un nuevo vínculo. Hasta que pueda asumir más responsabilidades, se aconsejará ceñirse a controlar las conductas inadecuadas de los niños y mantener informada a su pareja.

En general, suele ser contraproducente que ejerza la autoridad o la imposición como sustituto en funciones del padre/madre ausente, hasta que la autoridad moral de la nueva figura parental emane del convencimiento personal y del consenso familiar.

Crear una dinámica familiar de equipo:

Los adultos deben facilitar el paso a esta nueva etapa de familia reconstituida, adoptando un punto de vista normalizado y positivo y evitando los roces y conflictos en lo posible.

El reto mantenido será ir creando el sentido de pertenencia a una nueva familia, integrando y buscando puntos de unión entre cada uno de los miembros, a través de actividades comunes, viajes, compartiendo confidencias, etc. Haciendo que la relación entre familia biológica y reconstituida sea lo más fluida posible.

En el caso de que se den conflictos graves, es más adecuado que intervenga el progenitor para evitar que la acción del nuevo cónyuge no sea vista como una intromisión por parte del niño y esto pueda desembocar en más problemas.

Cuidar la inteligencia emocional y social de la familia:

Evitar sentimientos de culpa en los cónyuges que favorezcan el caer en la permisividad como modo de compensación hacia los hijos. Es fundamental tomar conciencia de ello y buscar medios alternativos más adaptativos.

Facilitar una buena expresión emocional, escucha activa, fluida comunicación y un gran apoyo entre todos sus miembros en los momentos difíciles.

Mejorar las interrelaciones positivas entre todos, sabiendo ejercitar la empatía y las habilidades sociales.

Compartir conversaciones a la hora de las comidas o las cenas sin interferencias del televisor ni de otros medios. Y realizar “asambleas de familia” periódicas, donde se revisen las normas de convivencia y se refuercen los logros de cada uno y los éxitos comunes, proyectando iniciativas donde se comparta ocio y retos, alegría y armonía familiar.

Ser generoso y ecuánime con todos, pero también realista y paciente:

Mantener un liderazgo compartido de la pareja hacia los hijos de unos y otros exige una actitud generosa y ecuánime con cada uno de los miembros, para que nadie sienta celos ni discriminaciones.

Es importante crear relaciones de complicidad y alegría entre todos los hermanos en juegos y en experiencias como excursiones, viajes y tareas que supongan una contribución de pequeños esfuerzos por su parte.

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Se suele decir que el tipo de familia no garantiza la felicidad, pero la calidad de cada una de ellas sí la posibilita. Todas deben tener, entre sus objetivos y funciones irrenunciables, el cuidado y la educación para que los hijos sean “buenas personas y felices”, y para ello, lo más importante es favorecer un clima adecuado y una convivencia más armónica.

Para tratar a los hijos de los otros la clave es lograr poco a poco un “padrinazgo amistoso”. Es decir, mantener una relación equilibrada con los niños entre el parentesco y la amistad, sabiendo compaginar una autoridad responsable y estimulante, con una actitud comprensiva: teniendo siempre presente la labor irrenunciable del padre o la madre no conviviente en el nuevo hogar con respecto a sus hijos biológicos, y no suplantándolo pero tampoco renunciando a la ineludible acción de educar en el nuevo entorno familiar. Es lo que se ha llamado co-parentalidad o pluriparentalidad con el padre o la madre biológica. Es decir, favorecer un estilo parental positivo, compartido y corresponsable. Lo ideal es evitar, en todo lo posible, las contradicciones en los estilos educativos de unos y otros.

Extraído: revista.universidaddepadres.es

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